Es evidente que la relación de los británicos con la alimentación está cambiando. A medida que los hogares se enfrentan a los retos que plantean la elevada inflación y la responsabilidad medioambiental, el panorama del consumo se está transformando.

En los hogares británicos se está gestando una revolución silenciosa en la cocina: un esfuerzo conjunto que se anuncia con el suave zumbido del congelador y el crujir de las verduras un poco deformadas en la cesta de la compra. Esta revolución no tiene nada de ostentosa, lo cual no es de extrañar, ya que los consumidores salen de muchos meses de subida de precios. En cambio, se caracteriza por un gasto inteligente y un mayor sentido de la sostenibilidad.

La pandemia actuó como catalizador de este cambio. Como «impulsora invisible del cambio», llevó a los consumidores a optar por compras más voluminosas y menos frecuentes, lo que modificó de forma radical los hábitos de compra. Ahora, aunque la vida se está normalizando, las lecciones aprendidas siguen muy presentes, pero la forma en que los consumidores plantean sus decisiones está cambiando de nuevo a medida que se adaptan a las continuas presiones del coste de la vida.

Cocinas conscientes

Los datos de Worldpanel by Kantar indican un cambio de la naturaleza efímera de los productos perecederos a la fiabilidad de los productos congelados. El congelador, que antes era un lugar donde se guardaban alimentos que a veces se pasaban por alto, se ha convertido en una herramienta para combatir el desperdicio, en consonancia con la demanda de practicidad sin sacrificar el placer.

En este contexto, el consumidor británico no busca únicamente la nutrición, sino que busca una combinación de sabor, comodidad y ahorro. El auge de los alimentos congelados resume a la perfección esta tendencia, ya que las comidas que resultan a la vez sabrosas y prácticas están ganando popularidad. Aunque el sabor es importante, los aspectos prácticos —como que sean «un capricho, saciantes, rápidas y más fáciles»— suelen ser los que inclinan la balanza a la hora de decidir. En otras palabras, el placer y la comodidad que ofrecen los productos congelados pueden superar cada vez más a sus equivalentes frescos.

Activos congelados

Parece que los alimentos congelados facilitan el pragmatismo culinario: consumir lo que se necesita y conservar el resto. Esta dinámica también encaja bien con la conciencia medioambiental colectiva del país, donde la reducción del desperdicio alimentario cobra cada vez más importancia. La preocupación por el desperdicio alimentario se ha intensificado, un sentimiento que no solo ha surgido, sino que ha pasado de ser la sexta preocupación más importante en 2020 a la tercera en 2023 (solo por detrás del calentamiento global y los residuos plásticos). En Irlanda, la tendencia es aún más marcada, ya que el 14,6 % de los compradores expresa su preocupación por el desperdicio de alimentos.

Los minoristas y los fabricantes, que han estado instando al Gobierno británico a reactivar los planes para la presentación obligatoria de informes sobre el desperdicio de alimentos, también comparten las preocupaciones de los consumidores al respecto.

Pero la percepción de la responsabilidad también ha cambiado. Se atribuye una mayor responsabilidad a los gobiernos y a los fabricantes, ya que el 36 % de los consumidores cree ahora que el poder para mitigar el daño medioambiental recae principalmente en estas grandes entidades, frente al 20 % de hace cinco años. Una vez más, la tendencia se confirma en la vecina Irlanda, donde el 42 % de la población afirma que los fabricantes tienen la mayor responsabilidad a la hora de limitar el impacto medioambiental. Esto supone un llamamiento a la acción para la industria de bienes de consumo, que, según los consumidores, debería asumir una mayor parte de la gestión medioambiental.

Evergreen Eats

En respuesta a ello, los minoristas y los fabricantes están innovando rápidamente para adaptar la oferta a la vida útil de los productos. Casi nueve de cada diez hogares afirman que gestionan el almacenamiento de sus alimentos para prolongar su vida útil, lo que constituye un claro indicador de la gran importancia que se concede a la reducción de los residuos. Dado que cada vez más consumidores comprueban minuciosamente las fechas de caducidad, los actores del sector se ven motivados a crear productos que no solo duren más tiempo, sino que también contribuyan a un sistema alimentario más sostenible.

El comportamiento británico

FALTA LA ANIMACIÓN

Es en este contexto donde prospera el desarrollo de nuevos productos, centrándose en la durabilidad sin sacrificar la calidad. Desde técnicas de refrigeración que prolongan la frescura hasta envases que alargan la vida útil, los fabricantes están dando un paso al frente. Los productos con una vida útil más larga son cada vez más habituales, y las verduras con formas irregulares —un 23 % más baratas de media— han ganado adeptos entre los consumidores que se preocupan por el precio.

Esta convergencia entre el comportamiento de los consumidores y la innovación del sector supone un paso importante hacia una forma de alimentarse y vivir más sostenible, rentable y placentera.

Este cambio se produce en un momento en el que cada vez más personas se preocupan por el desperdicio de alimentos, tanto por el bien del planeta como por el de su bolsillo. En muchos sentidos, se trata de redefinir el concepto de valor. En el Reino Unido, el 78 % de los hogares afirma reutilizar con frecuencia las sobras para preparar nuevas comidas, lo que pone de manifiesto una tendencia nacional hacia la eficiencia.

Sin embargo, aún hay aspectos que mejorar. Los consumidores de Escocia nos indican que siguen buscando una mejor orientación sobre cómo desechar los envases para reducir al mínimo los residuos. En cuanto a los «ecoactivos» de allí, el 89 % afirma que «siempre busca reducir los residuos».

El poder del paladar

En el ámbito culinario, las comidas británicas reflejan un equilibrio entre el sabor y la economía. Las cenas basadas en la gastronomía han experimentado un aumento del 8 % desde 2019, lo que indica un deseo de recrear en casa las experiencias de los restaurantes. Al mismo tiempo, se observa una clara tendencia hacia las comidas sin carne, lo que refleja no solo un cambio en los hábitos alimenticios, sino también una apuesta consciente por la sostenibilidad tanto medioambiental como económica.

Iniciativas como la colaboración de M&S con ZOE ponen de manifiesto un compromiso con las opciones alimentarias menos procesadas. En términos más generales, hoy en día es más probable que los excedentes se reutilicen en lugar de desperdiciarse, lo que indica un enfoque sistémico para abordar los problemas relacionados con el exceso de alimentos.

Es evidente que la relación de los británicos con la alimentación está cambiando. A medida que los hogares se enfrentan a los retos que plantean la elevada inflación y la responsabilidad medioambiental, el panorama del consumo se está transformando. Desde la compra de cantidades mayores y el uso frecuente de los congeladores hasta el aumento de un sector de la población cada vez más consciente de las cuestiones medioambientales, los británicos están demostrando que la sostenibilidad y el ahorro pueden ir de la mano.

Seguir leyendo